Mensaje cuaresmal a toda la comunidad - Mons Fabio Martínez Castilla

Trabajando nuestros corazones en la reconciliación con Dios y con nuestros hermanos, hagamos posible la pascua de la justicia, la fraternidad y la paz entre nosotros.

Mis queridos hermanos, ya Benedicto XVI nos había dicho: La cuaresma es el tiempo privilegiado de la peregrinación interior hacia aquel que es la fuente de la misericordia. Y por esto cada año, con ocasión de la cuaresma, la Iglesia nos invita a una sincera revisión de nuestra vida a la luz de las enseñanzas evangélicas. Este año, el Papa Francisco nos invita a reflexionar sobre la pobreza evangélica como testimonio de caridad solidaria con el hermano necesitado, partiendo de la afirmación paulina: “Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza”. ( 2 Cor8,9) Podemos afirmar que la mirada conmovida de Cristo se detiene hoy, por medio de nosotros que queremos compartir desde nuestra pobreza la riqueza de Dios, sobre los hombres y pueblos que sufren tanta injusticia, pobreza, violencia y diferentes tipos de atropellos a su dignidad. La injusticia, fruto del mal no tiene raíces exclusivamente externas; tiene su origen en el corazón humano, donde se encuentra el germen de una misteriosa convivencia con el mal. Que nos quede bien claro a todos que la injusticia tiene su origen en el corazón humano. Por esto urge trabajar nuestros corazones. ¿Cómo puede el hombre librarse de este impulso egoísta y abrirse al amor?  La respuesta está en la medida en que nos abramos a Cristo, justicia de Dios. Un abrirse a Cristo que necesita de nuestra parte una actitud decidida de salir de esa autosuficiencia, de ese profundo estado de cerrazón, del egoísmo que es origen de nuestra injusticia. Es necesaria una liberación del corazón. Como su Obispo quiero invitarles a que en esta cuaresma hagamos un camino de reconciliación que nos lleve a la justicia, la fraternidad y la paz entre nosotros. Todos nos quejamos de que las cosas no están bien, pero ¿qué estamos haciendo desde nuestra persona, familia, como parroquia y sociedad para sembrar semillas de justicia y de paz? Por esto les invito a que pongamos fuerza en esta cuaresma en la transformación de nuestros corazones por el compromiso de ser fermento de reconciliación para una mejor fraternidad y convivencia entre nosotros. La reconciliación exige humildad para saber situarnos en la verdad ante mí mismo, ante Dios y ante los otros, para así poder aceptar que nos necesitamos y que todos necesitamos de Dios para darle sentido pleno a nuestra existencia caminando como hermanos y no como enemigos. La reconciliación es un ejercicio de amor que rompe nuestros egoísmos y nos libera. La reconciliación por ser cuestión de amor es un don de Dios que necesitamos pedir y trabajar con perseverancia para ser amigos de nosotros mismos, de Dios, de los demás y de todo lo que nos rodea. ¿Con quién debemos reconciliarnos?

Primero, con nosotros mismos.

Tenemos que ser amigo de nosotros mismos; yo tengo que ser mi mejor amigo para no vivir peleado con mi vida y peleándome con todo. Tengo que valorarme y redescubrir la belleza y la bondad que hay dentro de mí, que tal vez no he querido aceptar y me he dejado apachurrar por los otros, y por esto me he metido en cosas y actitudes que no van con mi grandeza interior. Mis amigos, todos aceptemos que podemos estar feos por fuera, pero siempre seamos bellos por dentro. Reconciliémonos con nosotros mismos y todo lo demás vendrá poco a poco porque la victoria más sabrosa en nuestra vida es: vencerme, reconciliarme y empezar de nuevo.

Segundo, con Dios.

Experimentar que tenemos un Dios que no sólo no nos condena sino que confía en nosotros, nos vuelve a la vida. ¿Cuál es tu experiencia de Dios? ¿Crees que no tienes perdón porque has hecho barbaridades? Ánimo, no te sientas condenado ni rechazado por él. Mis amigos, aceptemos esta gran verdad: si hay alguien que nos ama en serio y nos quiere felices, y que sigue confiando en nosotros, es Dios. Recordemos lo que le dijo Jesús al que llamamos el buen ladrón: Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso. Hoy mismo porque para Dios solo cuenta el hoy de nuestras vidas; estarás conmigo, si, nos quiere con él y nunca nos hará a un lado, pensemos en que estarás conmigo en el Paraíso; que implica felicidad, paz, armonía, vivir en la presencia de Dios; hoy puede empezar un Paraíso en nuestras vidas sí nos reconciliamos con Dios.

Tercero, con los demás.

Las otras personas, empezando con nuestra familia, son parte de nuestra vida y nosotros somos responsables de la felicidad de ellos. No veamos a los demás como enemigos, sino como amigos y hermanos que como nosotros tienen sus cosas buenas y sus defectos, y que debemos ayudarnos mutuamente porque estamos compartiendo un mismo espacio en esta casa común, llamada Tierra. Somos responsables de nuestros hermanos y tenemos que rendir cuentas sobre cómo los amamos y ayudamos. Es cierto que hay personas muy difíciles, pero ojalá y nosotros no seamos los difíciles; hay personas que son duras y hasta se portan viéndonos como sus enemigos, pero ojalá y nosotros no seamos los duros y los enemigos. No condenemos al hermano. El cristiano está llamado a hacer del enemigo su amigo y del amigo su hermano. Un Buen Samaritano para su hermano necesitado. Por esto el Papa Francisco nos invita a aliviar la pobreza material, moral y espiritual en la que viven muchos hermanos. Además, es una realidad que necesitamos reconciliarnos con la naturaleza, no la hemos respetado y por esto la naturaleza se cobra y nos hace sufrir con los desastres naturales. Cuidemos nuestro medio ambiente para bien de todos, es la casa que compartimos, la que nos da de comer y nos ayuda a descansar con sus bellezas naturales. Seamos los mejores amigos de todo lo que nos rodea y gocemos la belleza de la naturaleza que nos rodea.

Jornada de Reconciliación.

Iniciemos nuestro peregrinar interior de Reconciliación con el Miércoles de Ceniza que nos mete a la verdad de nuestra vida: somos polvo, somos débiles, somos pecadores que necesitamos abrirnos a la verdad del amor de Dios que nos perdona y nos hace nuevos para que hagamos posible la Pascua de la justicia, la paz y la fraternidad entre nosotros.

La imposición de ceniza sobre nuestras cabezas es un rito penitencial por el que expresamos nuestro arrepentimiento sincero y nuestra decisión de vivir esta cuaresma intensamente como un tiempo de gracia, de reconciliación, en la exigencia de volver nuestro corazón al amor de Dios y del hermano.

La Palabra de Dios de la liturgia nos centra en las actitudes necesarias para vivir este peregrinar interior, este ejercicio de trabajar nuestros corazones: .* Todavía es tiempo. Vuélvanse a mí de todo corazón… Enluten su corazón y no sus vestidos. (Joel: 2,12-18 ) ¿Qué esperamos? .*Los exhortamos a no echar su gracia en saco roto… Ahora es el tiempo favorable; ahora es el día de la salvación. (2 Cor 5,20-6,2) Esta es nuestra oportunidad para construir la paz… .*Tengan cuidado de no practicar sus obras de piedad delante de los hombres para que los vean… no sean hipócritas… tu Padre, que ve lo secreto te recompensará.(Mt 6,1-6. 16-18) Situémonos de corazón ante el Señor; hagámosle caso al Señor que nos dice: no endurezcan su corazón. Y con humildad abrámonos a una nueva vida diciendo: misericordia, señor, hemos pecado. Entremos por la puerta de la exigencia que es nuestra actitud de reconciliación, única que nos llevará a la pascua y aceptemos el reto del: Arrepiéntete y cree en el Evangelio. Todos a trabajar nuestros corazones, reconciliémonos con nosotros mismos, con Dios, con los demás y con la naturaleza, y ánimo que la Pascua de la justicia, la paz y la fraternidad nos espera. Sólo quien muere a su egoísmo y pecado puede resucitar con Cristo al amor. Que nuestra Madre del Cielo, encienda nuestros corazones con la experiencia de la Misericordia de su Hijo Jesús que nos hace un pueblo de reconciliados capaces de vivir como hermanos.